dimanche 5 février 2012

Rusia: el rojo y el negro

Rusia: el rojo y el negro

Genealogía de las derechas rusas según Walter Laqueur

Robert Steuckers

El impacto de los fascismos del oeste europeo en general y del nacional-socialismo alemán en particular, se dejó sentir de una manera notable en los círculos de la emigración de los rusos blancos en el período de entreguerras. Los fascismos atraían porque ofrecían soluciones rápidas a los problemas, mientras que a los parlamentos democráticos, que lo sometían todo a interminables discusiones, se les acusaba de dejar "pudrir las situaciones". Este culto a las "decisiones rápidas", tan en boga en los debates de la Alemania de la época y en los tempestuosos discursos de Mussolini, sedujeron tanto a los pequeños círculos fascistas rusos puros y duros, como a conservadores del talante de P.B. Struve, y a moderados como N. Timashev.

LOS "JÓVENES RUSOS"

A la difusión de este doble culto a la autoridad y a la celeridad en las decisiones, contribuyó el surgimiento de varias organizaciones políticas en la década de los años veinte, repletas todas ellas de una militancia joven y entusiasta. El más pequeño de estos grupos fue el movimiento de los Jóvenes Rusos (Mladorossiti), dirigido por Alexander Kazem Bek. Kazem Bek procedía de una familia aristocrática de origen iraní que se rusificó en el siglo XIX. A los 21 años emigró a París, donde encabezó una asociación de estudiantes blancos que reclamaba la instauración de una monarquía totalitaria de nuevo cuño. Adaptaron por su cuenta y riesgo todos los elementos de la parafernalia y disciplina fascistas, al tiempo que, como explica Walter Laqueur, su ideario político consideraba que el antiguo régimen no podía ser restaurado, ya que había sido minado en sus cimientos por la decadencia reinante, por la ideología burguesa y el filisteismo. Desde este punto de vista, el hundimiento del régimen a manos de los bolcheviques, no habría sido otra cosa que un merecido castigo. El apocalipsis de 1917 y el horror de la guerra tendrían así, según los partidarios de Kazem Bek, el valor de una purga. Estas opiniones, lejos de lo que pueda pensarse, no molestaban en absoluto a conservadores como Struve —quien, por cierto, abrió las columnas de su publicación a los Jóvenes Rusos— ni a personajes como Kyril, el pretendiente al trono de los Romanov. Dos grandes duques se adhirieron al movimiento.

Al culto a Mussolini y a Hitler añadían, curiosamente, el de Stalin. El dictador ruso, según Kazem Bek y sus seguidores, había puesto límite a la anarquía revolucionaria, había reestablecido la autoridad del ejecutivo y, en definitiva, había puesto freno al internacionalismo. Kazem Bek apostaba por una simbiosis entre antiguo régimen y orden nuevo: una monarquía encarnada por el Gran Príncipe Kyril, vertebrada por las nuevas instituciones soviéticas. Dicho de otra forma: una monarquía soviética.
Tras un intento de colaboración con los nacionalsocialistas alemanes, quienes teledirigían al ROND —un partido nazi ruso operativo sólo en Berlín, todos los contactos acabaron por romperse: los alemanes acusaron a los rusos de "nacional—bolcheviques" y de no ser auténticos nacionalsocialistas. Xenófobos —en sus declaraciones públicas oficiales se cuidaban de no hacer profesión de fe antisemita, aunque en la práctica lo eran—, los Jóvenes Rusos adaptaron el discurso de los intelectuales euroasiáticos; esto es, la idea de que la misión real de Rusia estaba en Asia, y que Moscú debía constituir un bastión de la raza blanca frente al "peligro amarillo". 

Kazem Bek no se fiaba de los proyectos elaborados por los alemanes para la Europa oriental. En 1939, pidió a los Jóvenes Rusos que apoyarán la causa de los aliados y abandonó Europa para fijar su residencia en los Estados Unidos. En 1956 regresó a Moscú para convertirse en secretario del Pariarca ortodoxo. Murió en 1977. Se cree que, a lo largo de toda su trayectoria política, no dejó de ser un agente soviético. Laqueur alude en su libro a la habilidad de la diplomacia soviética a la hora de captar agentes en todos los ambientes políticos del exilio ruso, incluidos los mencheviques. Sin embargo, únicamente los rusos blancos fueron autorizados a regresar a su país (pp. 103-106).

LA MONARQUÍA BOLCHEVIQUE DE SOLONEVICH

Entre los ideólogos autoritarios monárquico-bolcheviques sobresale la figura de Iván Lukianovich Solonevich (1891-1953). Inició su trayectoria política en la prensa radical de derechas prerrevolucionaria. Se exilió de la URSS en 1934, atravesando de manera clandestina la frontera ruso-finesa, experiencia que le dará para una novela que se convirtió en un auténtico éxito de ventas en Occidente. Solonevich se convirtió en uno de los columnistas de mayor prestigio en la prensa liberal y moderada de la emigración. Con posterioridad, dió un giro a la derecha y se acercó a los cenáculos de conspiradores de la antigua oficilidad zarista. Falleció en Argentina. Su más importante aportación teórica, Narodnaïa Monarkhiia (La Monarquía popular), fue reeditada en Moscú, en 1991, y sirve en la actualidad de guía a algunos círculos opositores de carácter neomonárquico.

FASCISMO RUSO EN MANCHURIA

Los partidos fascistas rusos conocieron en la década de los treinta una breve existencia en Alemania, Manchuria y Estados Unidos. El grupo más significativo fue el de Manchuria. Surgió en los ambientes patrióticos de la facultad de Derecho de la universidad local, entre los jóvenes blancos allí refugiados. Encontraron apoyo en el general zarista Kozmin y se agruparon, en un primer momento, en la llamada Organización Fascista Rusa (OFR) —más tarde Partido Fascista Ruso (PFR)—. Durante la vida de la organización publicaron dos revistas: Nache Potue (Nuestra vía) y Natsia (Nación). De 1931 a 1945 —año en que el ejército rojo entró en Kharbine, capital de Manchuria— fue Konstantín Rodzaievski el verdadero motor del partido: un fogoso líder no exento de una buena dosis de ingenuidad política. Adoptó febrilmente la parafernalia de los nacional-socialistas alemanes, dando a su formación un aspecto un tanto carnavalesco. Se sabe que dependió de buena gana del dinero japonés y que, hasta última hora, esperó una victoria del eje Berlín-Tokio, cuyos ejércitos ocuparían la Unión Soviética y colocarían a la cabeza de la nueva Rusia desbolchevizada un "gobierno nacional" dirigido... por él, naturalmente.

Paralelamente a Rodzaievski, un militar conservador, Semionov, lejos de encandilarse por el floklore nazi, apostó por una organización de carácter solidarista que agrupó a los cosacos refugiados en el extremo oriente. En 1945, Rodzaievski y Semionov fueron condenados a muerte por las autoridades soviéticas en un expeditivo proceso. El activista del PFR pidió entrar al servicio de Stalin en calidad de "líder fascista ruso" con el objeto de vertebrar una quinta columna al servicio de Moscú. Su demanda no fue atendida.

En los Estados Unidos —concretamente en Windham County, Connecticut—, un tal Anastás Vosniatski fundó en 1933 un grupúsculo denominado Organización Fascista Toda Rusia (VFO), gracias a las rentas de su esposa, perteneciente a una acaudalada familia de comerciantes de cereales. Pese al dinero, no tuvo éxito en su empeño. La crónica de su movimiento no revela nada de original o extraordinario.

EL SOLIDARISMO DE LA NTS

Durante los veinte primeros años de exilio ruso blanco y de los antibolcheviques de toda laya, el movimiento que, incontestablemente, tuvo una mayor repercusión fue la Unión Obrera Nacional de la Nueva Generación, más conocido por sus siglas NTS. Este movimiento, de inspiración solidarista y cristiano-ortodoxo, tuvo su primer congreso en 1930, donde fue elegido presidente V.M. Baidalakov, un cosaco del Don. Objetivo: proseguir el combate por la "idea blanca" bajo nuevas estrategias acordes con la mentalidad de las nuevas generaciones. La NTS trabajaba, a diferencia de los Jóvenes Rusos y los grupúsculos fascistas de Manchuria, con un gran rigor. Cada dos años, la organización celebraba un congreso donde se fijaban las nuevas orientaciones y se redactaban los programas a seguir. Su ideología social se basaba en el solidarismo, pero un solidarismo que difería sensiblemente del propugando por las escuelas políticas católicas de Europa occidental. El solidarismo de la NTS se apoyaba en tres pilares básicos: el idealismo, el nacionalismo y el activismo. El carácter idealista subrayaba la importancia de las ideas nobles y la primacía de los valores superiores, al tiempo que se apostaba por formas políticas permanentes en las que no hiciera mella la efervescencia de la política cotidiana. Su nacionalismo advertía que dichos valores debían inscribirse, en todo caso, en un contexto concreto y que este contexto no podía ser otro que la nación rusa. El activismo, por último, era la forma de adecuar la teoría y la práctica, en un sentido que nos recuerda la praxis marxista.

Este solidarismo era, en cualquier caso, una ideología de corte conservador. Propugnaba el consenso entre las clases, lo que conducía a la NTS a rechazar el "excesivo individualismo liberal" y a imponer límites a la libertad individual. El solidarismo de la NTS negaba igualmente la democracia pluripartidista y las industrias-clave debían estar bajo la órbita del Estado. La NTS retomaba una idea central del pensamiento eslavófilo: la idea de Sobornost (unidad nacional y cooperación), elaborada por el politólogo Jomiakov.

La NTS no se alineó ideológicamente con los fascismos europeos o el nacionalsocialismo, ya que su dimensión religiosa le acercaba más al corporativismo católico austriaco o al salazarismo portugués, que a ideologías consideradas en realidad como modernas e industrialistas. Algunos de sus militantes, sin embargo, colaboraron con las autoridades alemanas durante la segunda guerra mundial. Esta cooperación tuvo lugar en los territorios rusos ocupados por el ejército alemán y el movimiento del general Vlasov [1]. El órgano de prensa de esta facción proalemana de la NTS fue el rotativo Novoïé Slovo.

Tras la guerra, la NTS adoptó una ideología de "tercera posición", en un intento de distanciarse tanto del capitalismo como del marxismo. Las potencias occidentales pasaron por alto el colaboracionismo ruso (Redich, Poremski, Tenserov, Vergun y Kazantsev) y los americanos, en el contexto y la lógica de la guerra fría, sostuvieron el movimiento y financiaron su propaganda en el interior de la URSS. Esta doble colaboración con los enemigos de Rusia —primero Alemania, y más tarde Estados Unidos— no sirvió precisamente para dar una buena imagen de la NTS en Rusia, a pesar de la pulcritud de sus ideales, en teoría muy arraigados en la tradición y el sentimiento del pueblo. El ciudadano soviético, por contra, se desinteresó totalmente de aquella iniciativa.

Para Laqueur, el principal ideólogo de la NTS fue el profesor Iván Il’in (1881-1954), profesor de filosofía en la Universidad de Moscú. Este profundo conocedor del pensamiento de Hegel fue expulsado de la URSS en 1922 al mismo tiempo que Nicolai Berdiáiev. Publicaba sus trabajos en la revista Russkii kolokol, próxima a la NTS a pesar de no compartir su línea editorial. En efecto, Il’in era monárquico, mientras que los militantes de la NTS no se pronunciaban sobre tal cuestión e incluso no descartaban la eventualidad de una república no soviética. Il’in propugnaba una suerte de "democracia orgánica", bien lejos del formalismo y el mecanicismo occidentales. En su libro Pout’k otchevidnosti (El camino hacia la evidencia), Il’in definía la "verdadera política" como "servicio", concepto diametralmente opuesto al de la política como "carrera". Servicio equivalía a entrega a los intereses del pueblo de forma total, no como categoría social o como trama de intereses. Esta voluntad de servicio a un ente colectivo de vastas dimensiones hace de la política un "arte de voluntad", una disposición que contempla el instinto de elección, en la cadena ininterrumpida de los hechos y los acontecimientos, siempre en pro de lo que es bueno para el pueblo en su conjunto y para el porvenir nacional. Esta voluntad debe depurarse en el crisol de los ideales, sin olvidar en ningún caso las virtudes, que otorgan fuerza y cordura a la potencialidad creadora del político [2].

LOS ESCRITORES DEL PERÍODO DEL TERROR

Laqueur continúa su ensayo con un análisis pormenorizado de las fuentes del neonacionalismo ruso contemporáneo. Lo que podríamos denominar genéricamente como "partido ruso", surge de la obra de los neoeslavófilos y de los escritores de la "etapa del terror". Pioneros durante el estalinismo de este estilo, ruralista, fueron Vladímir Ovéchkin y Efim Dorosh, quienes sin duda prepararon el terreno de una nueva escuela literaria de carácter populista y nacionalista que en los años sesenta y setenta, encontró en los escritores de la Rusia septentrional y Siberia —entre ellos Fiódor Abramov, Vasili Shukshin y Valentín Rasputín— unos fieles continuadores. Esta literatura, subraya Laqueur, está lejos de todo lo que pueda sonarnos a idílico. Las condiciones de vida en las aldeas del norte y de Siberia son terribles y los campesinos descritos por Abramov viven en un clima de odio y en absoluto conforman una comunidad sólida y solidaria. Vasili Belov, por su parte, es menos pesimista: sus personajes viven de un mundo sencillo y puro, a la sombra de las iglesias ortodoxas, al calor del tintineo dulce y alegre de sus campanas, donde se dan cita los místicos y los idiotas sublimes que alcanzan la santidad. Solouyin, considerado como discípulo del escritor noruego Knut Hamsun, también describió a esos raros personajes que andaban muy lejos de haber sido pervertidos por la civilización moderna [3]. Astafiev y Rasputín evocaron a los descendientes de los pioneros, dispersos en la inmensidad siberiana. En aquellos villorrios, sus habitantes carecen de referentes morales: no tienen raíces ni sentido del deber. Sueñan con enriquecerse rápidamente a costa de saquear el entorno natural. Tal depravación, según estos escritores, no sería otra cosa que un fruto más del poder comunista. Solouyin, por ejemplo, nunca se escondió a la hora de criticar la perversión del régimen comunista; es más, sus actitudes no le privaron de recibir en su momento el Premio Lenin. El tono general de esta literatura es escéptico con respecto al progreso técnico y económico, a la producción intelectual de las grandes ciudades, y con respecto a la contemporánea cultura de masas importada del oeste.

LA TESIS DE LA "CORRIENTE ÚNICA"

Entre el gran público, fueron las revistas literarias conservadoras —formalmente fieles al régimen comunista— las que tomaron el relevo de aquella literatura ruralista, de culto a las raíces y rechazo del desarraigo. Entre las más influyentes cabe citar Nache Sovremenik y Molodaïa Gvardiya. Novi Mir, por su parte, defendía las tesis progresistas clásicas propias de la ideología marxista. Esta pasión por el incólume pasado de una Rusia ideal ha conducido, desde finales de la década de los setenta, a un redescubrimiento del eslavismo del siglo XIX. Desde esta perspectiva, no es de extrañar que escritores como Shalmaiev, Lobanov y Kozhinov llegaran a la conclusión de que Rusia se había convertido en un país descerebrado y americanizado, en una nación que había perdido su "dimensión interior", sus raíces, y todo ello a pesar de de su poderío militar. Rusia, en definitiva, no era otra cosa ya que un cascarón vacío.
Esta simbiosis de ruralismo, neoeslavofilia, culto a las raíces y antiamericanismo, no podía conducir sino a una crítica de profundo calado de la ideología marxista dominante. Los nacionalistas se hicieron eco, en efecto, de la tesis de la "corriente única" de la historia rusa, tesis en absoluta contradicción con la teoría leninista de la historia. Para los leninistas, la historia de Rusia enfrentaba a dos grandes corrientes: una progresista —Pedro el Grande, Alexander Herzen, Nicolai Chernichevski y Máximo Gorki—, y otra oscurantista, compuesta por reaccionarios, fanáticos religiosos y explotadores del pueblo. A este dualismo oficialista, los ruralistas opusieron, sin negar lo que de positivo había en el marxismo, la rehabilitación de las fuerzas políticas y espirituales que habían conformado Rusia a lo largo de los siglos y que fueron impermeables a la filosofía de la modernidad, progresista y occidentalista. La historia de Rusia, desde esta óptica eslavófila y nacional, habría impulsado en una única dirección el conjunto de elementos positivos, tanto los marcados por la impronta progresista, como aquellos otros impregnados por la tradición.

El PCUS no aceptó estas posiciones, ya que ello le hubiera hecho asumir riesgos sin precedentes. Entre otras cosas, sin duda, hubiera implicado la revalorización del papel de la monarquía y de la Iglesia en la historia del país. Hubiera significado, asimismo, la evidencia de que tanto el ejercito rojo como el ejército blanco tenían, en todo o en parte, razones dignas de tener en consideración. Si tanto Nicolás II como Lenin tenían razón, la revolución no habría sido otra cosa que pura inutilidad, y el ideal político habría de ser necesariamente un régimen a medio camino entre el bolchevismo y la monarquía, tal y como fue perfilado por Solonevich. Pese a todas las dificultades, lentamente, la tesis de la "corriente única" iba abriéndose paso hasta acabar por imponerse, estructurando metafísicamente la actual convergencia entre nacionalistas y comunistas. Más allá de la "corriente única" tan sólo quedan los liberales fieles al progresismo, un progresismo que —dicho sea de paso— ha caído en el más absoluto desprestigio, como consecuencia de la salvaje inflación que, con la liberalización de precios de 1992 provocó Gaidar y su equipo de tecnócratas. En la actualidad, el liberalismo es un paupérrimo argumento electoral, al tiempo que ha perdido legitimidad democrática [4].

Durante los últimos años del gobierno de Leonid Breznev, la casa editora Roman Gazetta, que publicaba libros de bolsillo a un precio muy asequible, dedicó buena parte de sus esfuerzos a editar a los autores populistas, eslavófilos o nacionalistas (p. 124). Signo de este irresistible avance: cuando Alexander Yakovlev, jefe del departamento ideológico del Comité Central del PCUS, pronunció en 1972 un discurso contra el "antihistoricismo" de los rusófilos y criticó el culto de la religión ortodoxa, al tiempo que defendía a los "demócratas" revolucionarios del siglo XIX, no tardó en ser nombrado embajador en Canadá, donde permaneció un buen puñado de años [5]. Se trataba, sin duda, de una evicción encubierta. Este incidente marcó el triunfo de de las revistas Nache Sovremenik y Molodaïa Gvardiya. Novi Mir, revista de la que, por cierto, habían sido apartados en los años setenta sus colaboradores liberales, trató durante el período de gobierno de Gorbachov de retomar sin éxito aquella "corriente progresista", subiéndose al carro de la perestroika.

LA SÍNTESIS DE SOLYENITSIN

En los comienzos de su carrera de escritor, Alexander Solyenitsin mantenía posiciones abiertamente liberales. Poco a poco fue penetrando en las grandes líneas de "conservadurismo" populista y eslavófilo, aunque al margen del conservadurismo puro y duro que defienden los nacionalistas y de los paleocomunistas actuales. En un principio fueron los liberales de Novii Mir quienes prestaron su apoyo a Solyenitsin, al tiempo que conservadores y nacionalistas criticaban sus posiciones. Ello no impidió, empero, que Solyenitsin considerara que los liberales no amparaban a los disidentes. Su giro hacia el conservadurismo populista y eslavófilo ya no dejaba lugar a dudas en su Carta abierta a los dirigentes soviéticos, en la que, tras su exilio en Zurich, criticó abiertamente a aquella "intelligentzia" liberal que se empeñaba en "superar la locura nacional y mesiánica de los rusos". Empresa imposible, según Solyenitsin, para quien, tras estas tareas de acoso y derribo, la idiosincrasia rusa sería reducida a la nada. En aquella carta exhortaba a los dirigentes soviéticos a abandonar el marxismo-leninismo, una ideología que no cesaba de crear conflictos en el extranjero, empobrecía a Rusia e instauraba un sistema de "mentira permanente". También pedía la abolición del sistema militar obligatorio, lo que sin duda molestó a los nacionalistas. Su pensamiento, en el fondo, no era otra cosa que una síntesis entre liberalismo nacional y popular, y un nacionalismo maduro: el régimen que le convenía a Rusia sería a la vez dúctil y autoritario, y se apoyaría en los Soviets, pues la instauración en Rusia de una democracia de corte occidental, sin un largo proceso de transición, conduciría inevitablemente a la catástrofe.—

Esta síntesis, pese a un cierto tono antimilitarista o, si se prefiere, pese a su hostilidad hacia el reclutamiento generalizado, le distanció definitivamente de los liberales. Andrei Sájarov, por ejemplo, juzgaba el nacionalismo de Solyenitsin "exagerado", un tanto "xenófobo", y deploraba que el autor de El Archipiélago Gulag no entonara una sola alabanza a la democracia occidental. La zanja abierta se ensanchaba día a día. No había reconciliación posible entre quienes denunciaban que las ideas occidentales —incluido el marxismo— pervertían el alma rusa, y quienes afirmaban que eran los vicios de la mentalidad rusa los que precipitarían al país al desastre.

En la actualidad, la nueva derecha rusa o, para ser exactos, las nuevas derechas rusas, sitúan sus ideas sobre síntesis más modernas y en autores de mayor actualidad entre los que Solyenitsin aún conserva una nada desdeñable influencia —más evidente entre nacional-liberales y conservadores menos radicales, que entre los activistas nacional-bolcheviques [6]—. Los rusos de hoy tratan asimismo de descubrir a autores occidentales a los que no habían podido acceder durante el período de la censura. La revolución conservadora alemana y la nueva derecha franco-italiana, así como cualesquiera síntesis nacional-revolucionarias, tienen un gran ascendiente entre los conservadores más radicales y los nacional-bolcheviques, mientras que los ensayos de Max Weber u Ortega y Gasset llaman la atención de los sectores nacional-liberales. La pasión por Nietzsche es, sin embargo, general, y va desde las visiones más pueriles a los más finos análisis. Dentro de esta efervescencia, cabe subrayar la presencia de un un pensador tan original como Lev Gumiliov —fallecido en 1992—, llamado el "Spengler ruso". Gumiliov elaboró una teoría de la "etnogénesis" de los pueblos según la cual aquellos pueblos que en un principio irrumpieron en la escena de la historia, animados por una passionarnost —pasión, instinto, pulsión—, han visto cómo, con el inexorable paso del tiempo, aquélla se agota, forzando a los pueblos carentes de sus primitivos impulsos a retirarse de la historia y a ocupar los espacios reservados a la insignificancia. Gumiliov era un pensador próximo a la escuela "euroasiática" y, obviamente, fue blanco de las críticas de quienes reivindican una Rusia europeísta.

Pero las nuevas síntesis del pensamiento ruso no son meramente intelectuales, sino que se forjan en la lucha cotidiana, en una fuerte oposición al brutal proceso de occidentalización del que el pueblo es víctima. Imaginativos y tomando mucho más en serio sus ideas que los occidentales, los rusos están elaborando en la actualidad los ideales movilizadores más originales. Provocando, sin duda, el asombro de quienes quieren medirlo todo a golpe de estadísticas y de guarismos, de balances y tasas de beneficio...

Notas

[1] Andrei Andreievich Vlasov (1900-1946) hizo carrera militar en el Ejército Rojo. Afiliado al Partido Comunista desde 1930, consejero militar de Chang Kai-Schek (1938-40), dirigió la defensa de Kiev en 1942. Preso de los alemanes, se sublevó contra Moscú: presidió un Comité Nacional Ruso y formó el Ejército de Liberación contra los comunistas. Pidió de Alemania el control político sobre la Rusia ocupada, pero Hitler se negó. Al final de la guerra fue detenido por los americanos y entregado a los soviéticos, quienes le ahorcaron (N. del T.).

[2] Para una mayor conocimiento de las ideas de Il’in, cf. Helmut Dahm, Grandzüge russischen Denkens. Persönlichkeiten und Zeugnisse des 19. und 20. Jahrhunderts, Joannes Berchmans, Munich, 1979.

[3] Solouyin declaraba a principios 1967 a la prensa occidental especializada: "Durante toda la historia rusa los escritores se han puesto siempre al lado de los que sufren. Compréndanme bien. En nuestro país, en el que reina un frío intenso, se hiela la mano sin que esto se note. Cuando se empieza a calentar es terrible. Durante los últimos diez años se produjo el deshielo. Nuestra mano, nuestra alma, nos producen dolor. Pero yo soy un gran optimista. Nuestro dolor es la base de nuestro arte. En definitiva, cada acontecimiento provoca una reacción que después de cierto tiempo trae un fruto positivo" (Le Figaro Littéraire, 13-I-1967, cit. por Luka Brajnovic, Literatura de la revolución bolchevique, Ed. Universidad de Navarra, col. Cultura de Bolsillo, 2, Pamplona, 1975). (N. del T.)

[4] Las elecciones a la Duma del 17 de diciembre de 1995 no dejaron lugar a dudas: un 4,8% de sufragios para Opción Democrática de Rusia del ex primer ministro Gaidar (por detrás del yeltsinista Chernomirdin [9,6%] y de Yavlinski [8,4%]), muy lejos del 21,9% del Partido Comunista y del 11,1% del Partido Liberal Democrático (extrema derecha), primera y segunda opciones más votadas (El País, 19-XII-1995). Buena prueba del alto grado de cinismo de personajes como Gaidar, a los que los media occidentales califican pomposamente de nuevos rusos, son las advertencias que, días después de su descalabro electoral, lanzaba a través diario Izvestia con respecto al triunfo de Ziuganov, calificándolo de "preludio de nuevas conmociones para Rusia", "derrota de la democracia rusa" y "riesgo de la repetición de nuevos experimentos peligrosos" (Las Provincias, 27-XII-1995). (N. del T.)

[5] Alexander Yakovlev, formado en el KGB, fue recuperado después por Andropov y Gorbachov. En 1994 pasó a dirigir la primera televisión pública, lo cual fue interpretado como un triunfo de los "cosmopolitas" en el interior del poder ruso. (N. del T.)

[6] Para una visión más amplia sobre el fenómeno del neonacionalismo ruso y la síntesis nacional-comunista, es imprescindible la lectura del dossier dedicado a esta cuestión editado por la revista belga Vouloir, nº 105/108, VII/IX-1993. (N. del T.)
[Artículo publicado con autorización de la revista Hespérides, 10, Madrid, verano de 1996. En la edición original Steuckers comenta la versión francesa del libro de Walter Laqueur, La Centuria Negra. Los orígenes y el retorno de la extrema derecha rusa, publicado en español por Anaya & Mario Muchnik (Madrid, 1995). 

Traducción de Juan C. García Morcillo]

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