dimanche 8 mars 2020

Hacer Europa a través de la cultura y el conocimiento

 


Robert Steuckers
 
Merci à Carlos X. Blanco d'avoir traduit récemment ce texte déjà très ancien mais qui semble toujours avoir de la pertinence pour ses lecteurs actuels. Et de l'avoir accueilli sur son excellent site: https://nacionalismuasturianu.blogspot.com/2020/03/hacer-europa-traves-de-la-cultura-y-el.html


Europa - Los valores y las raíces profundas de Europa, Capítulo IX;  Hacer Europa a través de la cultura y el conocimiento, págs. 195-199, publicado por Bios

Para salir de esta paradoja, de este callejón sin salida, Europa debería poder apostar por la cultura, por las universidades, por el retorno a las raíces comunes de nuestra civilización y luego, en una segunda etapa, dotarse de un arma militar y diplomática común para imponerse como un bloque en la escena internacional.

 
Las funciones legales-sacerdotales y militares-defensivas son las que están mejor capacitadas para hacer Europa de forma rápida, barata y sin burocracia. La función económica es, por definición, una función llamada a gestionar una diversidad siempre cambiante, sujeta a riesgos naturales, climatológicos, económicos y circunstanciales: querer armonizar y homogeneizar esta función a toda costa es una verdadera tarea de Sísifo. Algo que nunca podrá ser superado. Las funciones jurídico-administrativas, la defensa e ilustración de un patrimonio cultural a escala de una civilización, la formación de una casta de diplomáticos capaces de comprender el destino global del continente, la elaboración de un derecho constitucional que respete las realidades locales sin dejar de lado las tradiciones europeas de federalismo y subsidiariedad, la formación de oficiales que entiendan que las guerras intereuropeas sólo pueden conducir a una carnicería innecesaria, la creación de una marina y una red de satélites militares y civiles son tareas que apuntan a largo plazo. Y que puede suscitar entusiasmo pero no desprecio, porque todo lo que es procesal y administrativo, demasiado gerencial a secas, suscita desprecio...


Es con este conjunto de principios en mente que el texto de reflexión fundamental que acaba de publicar el embajador de la República Checa en Bonn, Jiri Grusa, debe ser leído e interpretado. Comienza lamentando, como nosotros, que la cultura siga siendo la pariente pobre de la integración europea, lo que se explica, en términos obviamente atenuados y diplomáticos, por el hecho de que la idea misma de la integración europea se ha convertido ahora en una idea exclusivamente occidental, es decir, una idea pura, yo diría incluso purificada, racionalista, cartesiana (la ideología del "cuerpo sin sombras", como dice Serge Le Diraison). A pesar del "Erasmus" y otros proyectos, la práctica de la integración europea, sugerida en Praga, Varsovia, Liubliana, Zagreb, etc., aún no se ha puesto en práctica. Es una práctica puramente económica e ideológicamente "burguesa", que no es el resultado de un Bildungsbürgertum [ciudadanía formada] cultivado y humanista, sino de una burguesía que ha "neutralizado" los impulsos culturales, políticos y religiosos para dar cabida al cálculo y a la acumulación de beneficios económicos. Jiri Grusa aboga así por una política cultural europea, pues -de lo contrario- el espacio cultural se convertirá inevitablemente en la zona de reclutamiento de la "resistencia política" que podría adoptar la forma de neo-mesianismo de izquierdas o de fundamentalismo identitario (o, si se incrementa con una buena dosis de ecología, ¡las dos cosas al mismo tiempo!). En vista de la revuelta de los maestros y la deconstrucción sistemática de las redes escolares en la Bélgica francófona en particular, este alegato no es una retórica vacía. Después del colapso de las instituciones culturales en Europa del Este y Rusia, cuando el apoyo estatal a los artistas creativos, a los museos y a los tipos de educación fundamentales y no rentables (filología, lingüística comparativa, literatura, arqueología, historia del arte, etc.) dio paso al culto demencial de la economía y el lucro, Europa parece haber regresado al lado más oscuro de su alma: la hybris, la desmesura.
 
Para Jiri Grusa, la protección de la cultura europea requiere el abandono definitivo de los resortes conceptuales del "fundamentalismo occidental" (u "occidentalismo" como diría Zinoviev). Jiri Grusa habla más precisamente de "ideas que han sumido al continente en la miseria". "Estas "ideas" son las que pretenden reflejar una "verdad única", como fue el caso de la ideología del "socialismo real" en la actual Europa poscomunista. O como ocurre hoy en día con el occidentalismo más radical, que es particularmente desenfrenado en París tras los hitos establecidos hace casi veinte años por Bernard-Henri Lévy, Guy Konopnicki, etc. Hace unos diez años, este profetismo occidental se reforzó considerablemente, pasando del panfleto pronunciado en forma histérica al catálogo documental de lo que no se debe o ya no se debe pensar: este catálogo se basaba enteramente en la refutación del nietzscheismo y del heideggerismo, propia del mayo del 68, emprendida por Luc Ferry y Alain Renaut; flanqueaba el alegato de Ferry en favor de un individualismo jurídico y económico absolutos. Contra todas las tradiciones de Europa Central, es esta ideología, despojada de todo reflejo comunitario, de toda voluntad de fraternidad y de todo interés por los asuntos culturales, la que los institutos occidentales, en particular los franceses, tratan de imponer en Europa Central y Oriental.



Jiri Crusa no es obviamente un nacionalista, ni en el sentido francés ni en el alemán del término. Es un ciudadano de esta Mitteleuropa donde el alemán y el eslavo se entremezclan tan estrechamente que la eliminación de uno debilita al otro y viceversa. Critica la noción de "identidad" y la contrasta con la noción de "complejidad", es decir, la complejidad de lo "multinacional", es decir, la complejidad del espacio geográfico en el que conviven y compiten grupos étnicos muy diferentes entre sí. Sin embargo, se puede detectar en su discurso que el abandono de las políticas culturales o el hecho de que se dejen de lado bajo el dictado de una omnipresente "pan-economía" acabará por cristalizar una nueva oposición binaria en la escena política de las democracias poscomunistas con, por un lado, la primacía del origen (étnico), defendida por los nacionalistas y antiguos artistas (comunistas de circunstancia) privados de sus subsidios legítimos, y, por otro lado, el principio de rentabilidad, defendido por los liberales y partidarios de la ideología del beneficio solamente.

Para mantener un europeísmo cultural eficaz y sólido, que no implica ningún repliegue sobre sí mismo, Jiri Grusa se propone desarrollar una política cultural paneuropea (gesamteuropäisch), capaz de ensombrecer, encuadrar y limitar las políticas de los Estados nacionales, tratando de recuperar sus antiguas influencias de preguerra (Goethe-Institut para Alemania, Institut français, British Council, etc.). Como checo, espera colaborar con los pequeños países que no cultivan ninguna intención "imperialista" en Europa Central y Oriental, pero sobre todo, apuesta por una cultura libre de los viejos reflejos racionalistas-autoritarios, que hacen que la hybris europea explote en todas las direcciones, provoque los enfrentamientos de los siglos XIX y XX, sumiendo a las sociedades occidentales en la anomia. Para promover esta cultura continental -explica Jiri Grusa- debemos aprovechar al máximo los canales de información y fomentar el intercambio de conocimientos, ideas y proyectos, sin que ninguna de las partes implicadas en el diálogo haga el más mínimo intento de convertir plenamente a sus interlocutores. Grusa aboga por el conocimiento contra los intentos de convencer, de convertir. Los intelectuales o científicos europeos que se reúnan deben ante todo tratar de perfeccionar las reglas del juego en Europa y abstenerse de formular una ideología preconcebida que se impondría a todos los europeos independientemente de su origen o lugar de residencia. La defensa de la nueva cultura europea requiere una completa reevaluación del principio de subsidiariedad. Es necesario crear en toda Europa agencias de información eficaces que informen sobre los grandes temas de la política real: geopolítica, ecología, pensamiento económico, derecho (subsidiario), urbanismo, etc. Paralelamente a estos organismos, deben intensificarse los intercambios entre los jóvenes europeos. Sólo una comunicación de alto nivel entre estudiantes, profesores e investigadores permitirá crear una cultura europea capaz de afrontar y gestionar sin mutilaciones la extraordinaria diversidad de nuestro continente. El futuro de Europa depende de ello.


 
Las ideas de Grusa corresponden al proyecto que estoy llevando a cabo con Gilbert Sincyr, el profesor Fabio Martelli, Anatolli M Ivanov, Mark Lüdders y muchos otros, bajo el nombre de "Sinergias Europeas". Las defendemos sin ponerse necesariamente los guantes de diplomático y oponiéndose a la corrección política, "diciendo la verdad". Es decir, un idioma libre de un viejo defecto europeo, que ha servido para camuflar la hybris que el diplomático checo Jiri Grusa denuncia con razón: el eudemonismo.


Traducción: Carlos X. Blanco.

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